Cuando un negocio decide cambiar de web suele mirar un único número: lo que cobra quien la va a hacer. Pero la web vieja lleva años acumulando cosas con valor (direcciones que la gente guardó, textos que Google ya conoce, fotos que costaron una mañana de sesión) y cosas sin ninguno. Saber cuál es cuál antes de empezar separa un cambio limpio de dos meses de dolores de cabeza.
Lo que se rehace sí o sí
Hay partes de la web que no merece la pena salvar. Si cambias porque la actual se ve rota en el móvil o tarda en cargar, el arreglo no es un parche: es volver a levantar la casa. Estas partidas casi siempre se hacen de cero.
Esta parte es la que aparece en el presupuesto, y ya la desglosamos en cuánto cuesta una web profesional. Lo que viene ahora casi nunca aparece.
- El diseño y la estructura. Menús, botones, cómo se recoloca todo en una pantalla pequeña. Nada de esto se recicla de una web de hace ocho años.
- La mayoría de los textos. Hablan de un negocio que ya no es exactamente el tuyo: servicios que dejaste, un «somos jóvenes y dinámicos» que escribió alguien en 2015. Los datos duros (horarios, dirección, teléfono, qué haces y qué no) se repasan uno a uno.
- Formularios y avisos legales. La ley de cookies y la de protección de datos han cambiado varias veces; el aviso viejo casi seguro no vale. El formulario se rehace para saber a qué correo llega de verdad.
- La cocina técnica. El gestor de contenidos, el hosting (el ordenador donde vive la web) y las copias de seguridad. Es lo que menos se ve y lo que más se agradece cuando algo falla.
Lo que se rescata, y merece la pena rescatar
Antes de que nadie toque nada, la web vieja se inventaría como un piso antes de la mudanza. Estas cajas sí viajan.
El correo de la empresa va aparte de la web, pero si la misma persona lleva las dos cosas, cortar una puede tumbar la otra. Al correo ya le dedicamos un artículo.
- El dominio. Es la dirección de tu casa: tunegocio.com. No se cambia salvo un motivo de peso, y tiene que estar a tu nombre y con la clave en tu poder. Si lo tiene quien hizo la web anterior, lo primero es recuperarlo.
- Las direcciones de cada página. Si tu página de horarios era tunegocio.com/horarios, la nueva tiene que responder ahí o llevar a su equivalente. A ese «nos hemos mudado» automático se le llama redirección, y el navegador y Google la siguen solos.
- Las fotos propias. Las de tu local, tu equipo y tu producto, en su tamaño original si lo conservas. Las de banco de imágenes se sustituyen sin pena.
- Los textos que funcionan. Esa explicación de un servicio que los clientes te citan por teléfono, la respuesta a la duda que todos tienen. Se pulen, no se tiran.
- Los accesos. La ficha de Google del negocio, el panel donde Google avisa de errores de la web, las estadísticas. Todo vive fuera de la web, pero está atado a ella y a un correo concreto que hay que localizar.
La web vieja no se tira: se hace inventario. Lo que no está apuntado antes de la mudanza es lo que se pierde.
Lo que se pierde por el camino si nadie lo cuida
Aquí está la factura escondida. Nada de esto aparece en un presupuesto, y todo cuesta dinero cuando se pierde.
Los enlaces que otros pusieron hacia ti. El periódico local que habló de tu apertura, la web del ayuntamiento, la asociación de comerciantes, el directorio del sector. Cada uno enlaza a una dirección concreta. Si cambia y no hay redirección, ese enlace lleva a una página de error y nadie te lo va a avisar.
Lo impreso. Tarjetas, la rotulación de la furgoneta, los folletos del cajón, el código QR pegado en las mesas. Un taller de cuatro personas puede tener su web escrita en veinte sitios físicos y no acordarse de ninguno. Si esa dirección deja de abrir, no se reimprime sola.
Lo que Google sabía de ti. Nadie puede prometerte un puesto, pero una cosa sí se sabe: Google lleva años leyendo tu web vieja y sabe de qué va. Si un lunes le cambias direcciones, textos y estructura a la vez, le presentas a un desconocido. Se recupera, pero lleva tiempo, y ese tiempo son llamadas que no entran. Cuanto más se conserva, menos bache.
Los formularios y el historial. Un formulario nuevo que envía a un correo que nadie mira es una web que parece funcionar y no funciona: se prueba el primer día con un mensaje real. Y las estadísticas de visitas de los últimos años, si nadie las exporta, desaparecen con la web vieja.
Las tres columnas del coste
El coste de cambiar de web tiene tres columnas, y la del presupuesto es la más fácil de ver.
Lo que pagas es el diseño, los textos y la parte técnica: la cifra que comparas entre proveedores. Lo que pones tú son horas de recopilar fotos, aprobar propuestas, buscar la clave del dominio y avisar a quien te enlaza; si nadie de tu negocio se hace cargo, la web se retrasa, y el retraso ya no es culpa de quien la hace. Lo que arriesgas es todo lo del bloque anterior, y se paga en semanas de teléfono más callado y en clientes que llegan a una página de error. Es la columna que decide si el cambio salió barato o caro, y la única que se encoge con una lista y un poco de orden.
Lo que no te van a contar
La web nueva suele empezar con menos visitas que la vieja, aunque sea mejor. Google necesita tiempo para volver a leerla entera, y cuánto no lo sabe nadie con exactitud. Quien te prometa que no habrá bajón promete algo que no controla.
«Lo migramos todo» casi nunca significa todo. Suele significar las páginas principales. Las pequeñas, esa página de un servicio que casi nadie pide pero que trae algún cliente al año, se quedan atrás y se echan en falta meses después.
La web vieja hay que mantenerla encendida un tiempo. Solo para redirigir, sin que nadie la visite. Eso es un hosting más durante unos meses, y casi nunca está en el presupuesto.
Cambiar de dominio es empezar de cero. Si te lo proponen «porque el nuevo suena mejor», di que no. Solo tiene sentido cuando la marca cambia de verdad, y entonces con el dominio viejo redirigiendo al nuevo durante años, no meses.
Por dónde empezar
No hace falta saber de webs para hacer la parte que más protege tu dinero. Hace falta una tarde y una hoja de cálculo.
Abre tu web actual y apunta cada página: su dirección, qué cuenta y si merece viajar. Averigua quién tiene el dominio y el hosting, y pide las claves antes de contratar nada. Reúne las fotos propias en su tamaño original. Haz la lista de sitios donde tu web está impresa o enlazada: tarjetas, furgoneta, directorios, prensa local.
Y cuando pidas presupuesto, exige que diga por escrito qué pasa con cada dirección vieja. Si la respuesta es un silencio o un «eso se ve luego», ya tienes contestada una de las doce preguntas que conviene hacer antes de encargar una web.
Preguntas que nos hacen
¿Se pierden visitas al cambiar de web?
Puede haber un bajón temporal aunque la web nueva sea mejor: Google tiene que volver a leerla entera y nadie controla cuánto tarda. Lo que sí se evita es la pérdida permanente. Se consigue manteniendo el dominio, haciendo que cada dirección vieja lleve a su equivalente nueva (las redirecciones) y conservando lo esencial de los textos que ya funcionaban. Cambiar diseño, direcciones y textos a la vez es la forma más segura de alargar el bache.
¿Qué pasa con la web antigua cuando arranca la nueva?
No se apaga el mismo día. Se deja encendida un tiempo solo para redirigir: quien llegue a una dirección vieja desde una tarjeta, un código QR o un enlace de otra web acaba en la página correcta de la nueva. Pasados unos meses, cuando se ha comprobado que nada relevante sigue apuntando a la antigua, se da de baja su hosting. El dominio no se toca en ningún momento: es lo que hace posible la mudanza.
¿Hay que cambiar de dominio al cambiar de web?
No, y casi nunca conviene. El dominio es la dirección de tu casa y la web es la casa: se puede reformar entera manteniendo la misma dirección, y eso es lo que protege tus tarjetas, los enlaces que otros te pusieron y lo que Google ya sabe de ti. Solo tiene sentido cambiarlo si la marca cambia de verdad. En ese caso, el dominio viejo se mantiene pagado y redirigiendo al nuevo durante años.
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